Tres buenos hábitos en desuso

Locutora

Hoy, para variar, vengo a hablaros de locución. Pero partamos de una reflexión más general.

En cualquier trabajo, el paso de los años y la experiencia hacen que aprendamos. Corregimos errores e incorporamos nuevas técnicas e ideas. Por eso, nuestros resultados deberían ser cada vez mejores.

Yo, por ejemplo, he conseguido en los últimos meses librarme de un vicio que tenía al locutar. Estiraba demasiado las sílabas, alargaba las palabras y no era capaz de leer de forma ligera. Ahora sí.

Por eso, merece la pena mantenerse en formación constante. Para superarnos cada día y lograr que el producto que ofrecemos sea cada vez mejor.

Pero hay veces que algunos conocimientos importantes no se acumulan. Sino que, por algún motivo, caen en el olvido. Se pierden en las brumas del tiempo.

El trabajo con profesionales de antaño me ha llevado a descubrir algunas formas de hacer las cosas que no se valoran en la actualidad. Pero que eran normales cuando ellos empezaron. Veamos algunas de ellas:

1- La distancia del micrófono

Cuando empecé a hacer cursos de locución y a trabajar con mi voz, muchos profesores y responsables técnicos me dieron la siguiente indicación. Entre la boca y el micrófono debía haber una distancia de un palmo. En algunos estudios de grabación llevan este axioma más lejos y ponen el micrófono a casi medio metro del locutor con una barra en medio para que no te acerques demasiado.

Sin embargo, no hay motivos reales para que la distancia del micrófono tenga que ser una y siempre la misma. No hay nada malo en acercarse al micrófono, si sabes hacerlo. No muerde.

Imaginemos que grabamos una cuña en la que un padre lee un cuento a su hijo antes de dormir. Cuando esa situación se da realmente en la vida, la distancia entre las dos personas es muy cercana. No es sólo que se hable bajo, es que el niño oye la voz de su padre cerca. Si el actor se acerca mucho al micrófono al grabarla, se conseguirá sensación de intimidad familiar. Y será mucho más expresivo que si el actor está lejos y simplemente subimos la ganancia.

2- Aprovechar las respiraciones

Existe el mito en la profesión de que las respiraciones no deben oírse. Por eso hay quien las sustituye por un silencio, o las corta.

Sin embargo, las respiraciones forman parte de nuestra forma de hablar. Y quitarlas o incluso silenciarlas puede hacer que el resultado sea poco natural o creíble. Más que evitar que se oigan, normalmente ha de buscarse que no llamen la atención.

Pero, ¿y si queremos que la respiración juege un papel en la locución? Un pequeño suspiro antes de una frase de satisfacción puede ser muy expresivo. Y si el guión requiere un susurro sensual, el sonido del aire, en su justa medida puede tener valor expresivo.

3- Enfatizar palabras concretas

Si acentuamos algunas palabras de nuestro discurso y otras no, daremos una variedad al discurso que mantendrá la atención del oyente. Y le indicaremos qué es lo más importante de lo que le decimos. El mensaje llegará mejor.

Parece una perogrullada. Pero quizá no lo sea tanto cuando últimamente oigo a clientes que me dicen: “quiero que lo hagas plano”.

¿Por qué algunas personas piensan que “plano” queda mejor? Y de hecho, ¿sabemos a qué se refieren exactamente?

Por plano yo entiendo algo sin matices, sin relieve, sin diferencias internas que definan el recorrido.

¿Realmente lo queremos así? Podríamos entonces recurrir a un ordenador, en vez de un ser humano, para que locute lo más plano posible.

En resumen: creo que hay que recuperar de la tradición antigua la idea de darle a la locución humanidad, cercanía a nuestra forma de hablar y de sentir. Para ello, los tres elementos que he descrito (enfatizar algunas palabras, jugar con la respiración y la distancia del micrófono), pueden ser decisivos.

Tres buenos hábitos en desuso
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